ENTREVISTA CON CARLOS FERRATER
Su obra ha experimentado una evolución que tiende hacia la abstracción, lo que, según él mismo afirma, le permite ser más libre a la hora de enfrentarse a un proyecto. Acaba de recibir el Premio Nacional de Arquitectura 2009 por toda una trayectoria. “Continuamente echo la vista atrás”, asegura.
Texto y fotos: Eduardo López-Jamar
En esta entrevista, mantenida antes de una charla organizada por La Escuela de Arquitectura de la Universidad Europea, el reciente Premio Nacional de Arquitectura asegura sentirse cada día más joven, con mayor capacidad de tomar riesgos. “El lenguaje atenaza”, afirma.
El Premio Nacional de Arquitectura reconoce toda una trayectoria. ¿Se ha sentado a repasar su evolución profesional?
Siempre he procurado ir revisando el trabajo anterior, por la misma razón por la que creo que no se debe intentar repetir un mismo proyecto. Continuamente echo la vista atrás y miro a ver si cosas que hice en los años 70 hoy las volvería a repetir, o si las haría diferentes. Pero pienso que hay un cierto grado de coherencia con lo que hice en aquel momento... Esa mirada hacia atrás es muy interesante. Cuando miro el edifico del puerto de L'Estartit, de finales de los 70, pienso que aquel edifico sencillo, económico, que marca toda una volumetría en el paseo, que marca la facultad de ser una pieza de un sistema de un paseo... todavía sigue siendo válido, hoy. Otra de las cosas en las que pienso cuando acabo una obra es en los compañeros de viaje: si tal arquitecto viese esta obra, qué pensaría. Es un buen ejercicio; por ejemplo, con Jordi Garcés, un arquitecto muy minimalista. ¿Qué pensaría él, creería que hay demasiados elementos, sería crítico?

Su obra ha ido evolucionando de la figuración hacia la abstracción.
Sí, trabajar con geometrías de una cierta flexibilidad y versatilidad, que son abiertas, y trabajar en colectividad, con otros jóvenes arquitectos, permite socializar la producción. Eso te da mayor capacidad de trabajar en ausencia de escala, en terrenos más abstractos. Estar menos pendiente del lenguaje.
Usted ha afirmado que la arquitectura es riesgo. ¿Tiene la misma capacidad de riesgo ahora que hace unos años?
No, tengo bastante más, porque soy más joven. Lo digo de verdad. Antes tenía más miedos. El lenguaje atenaza un poco, eres un poco esclavo de tu manera de hacer; inconscientemente caes en determinadas repeticiones. Poco a poco vas ganando en abstracción, vas perdiendo figuración, cada vez tienes más libertad a la hora de enfrentarte al proyecto. No se trata tanto de sorprender, sino de sorprenderse a sí mismo: ¿será posible hacerlo de esa manera? He aprendido que este trabajo es colectivo. El hecho de haber trabajado con arquitectos jóvenes me ha ayudado mucho: ahora mi despacho tiene la edad de mis colaboradores: mis hijos, yernos.
¿Su secreto es tener compañeros de viaje jóvenes?
Sí, y también ir perdiendo tabúes, esas cosas que te atan a un realismo que no es necesario. Tampoco se trata de vivir en un mundo onírico, pero la reciente comparación de dos de mis últimas obras con Alicia al otro lado del espejo, me gustó bastante. Para situarte al otro lado del espejo debes desprenderte de muchas pieles y costras por el camino.
Algunos de sus últimos proyectos aspiran a crear ciudad.
Sí, lo que nos gusta es trabajar en el paisaje, ya sea natural, urbano, virgen, degradado, da igual. El caso es incorporarse a un lugar determinado, y sobre ese lugar construir algo que tenga que ver con el imaginario. Puede ser el edificio Mediapro, en el distrito 22@, que da respuesta a múltiples solicitaciones urbanas pero que, por otro lado, genera una idea de que es un edificio en erección, construye espacio público, se deja atravesar, se hace permeable. Al mismo tiempo tiene presencia, y la presencia de su esqueleto es la forma final, y asimila la filosofía de todo el 22@, ese barrio que quiere conjugar diferentes iniciativas y posibilidades.

¿Y el Paseo Marítimo de Benidorm?
En Benidorm se trata de generar un lugar que no existía. En esa frontera, en ese lugar de riesgo, al filo de la navaja, hay que jugársela, pero puedes caer en el desastre. Mientras desarrollaba los primeros dibujos y maquetas con Xavi Martí, nos decíamos que este proyecto podía caer muy fácilmente en el desastre: voladizos, alabeadas, curvas, formas del caos, fractales, colores, pasarelas, plataformas... Pero lo hicimos con el rigor de la construcción, la acción física del dibujo y el corte de la maqueta. Incluso dibujábamos con lápiz de labios, porque es graso y marca los trazos sinuosos y las formas. El movimiento de pintarse los labios es un movimiento curvilíneo, que busca el brillo, crea sombras. También usamos el lápiz de ojos, por la misma razón: sombrea, da pequeños toques. Benidorm es un proyecto de lápiz de labios y lápiz de ojos.
¿Quizá Burle Marx sea la referencia más clara del Paseo?
Sí, es evidente que todas las obras arquitectónicas tienen sus precedentes en la historia del siglo XX. Yo veo un edificio moderno del último crack, que está haciendo una barbaridad por esos mundos, y enseguida encuentro la genealogía. Burle Marx es un claro precedente, aunque nosotros trabajamos en volumen, no tanto en plano. Lo más bonito de este proyecto es que no hemos recibido críticas de nadie, ni vecinos, asociaciones, hoteleros... Todo el mundo lo ha encontrado bien. En algún momento, Xavi y yo nos decíamos: esto es sospechoso, a lo mejor lo estamos haciendo fatal, no puede gustar a todo el mundo, no puede ser que no levante polémica.
Quizás Benidorm es un poco como Las Vegas, la ciudad en la que todo vale...
Es posible. Tienes razón en que el marco era el lugar donde cualquier forma era posible, y se ha ido colocando con naturalidad.
Su obra siempre establece una relación entre geometría y naturaleza.
Sí. En el Jardín Botánico de Barcelona, por ejemplo, al que suelo ir muy a menudo, por motivos de trabajo o con mis nietos, es tan satisfactorio ver una geometría, que ha sido situada artificialmente, cómo ha ido desapareciendo pero generando orden... No está presente, ha desaparecido; ya no ves la malla, pero, sin embargo, está. Es algo extraordinario. La estructura se ha convertido en ornamento y el ornamento se ha convertido en estructura identificable. Que esa inversión se haya conseguido, gracias a la arquitectura y al paisajismo de Bet Figueras, es el poder de la geometría de la naturaleza. Construyes naturaleza desde el más absoluto artificio.
Muchos arquitectos huyen de los edificios de viviendas, sin embargo usted continúa con este tipo de proyectos.
Para un arquitecto, hacer un edifico de viviendas es el mejor ejercicio. La arquitectura está pensada para las personas, y la vivienda es donde las personas viven, es el máximo destino que puede tener un arquitecto. Mi trabajo va destinado a esas personas que van a vivir, abrir una puerta y echarse a dormir, entrar en la cocina, usar un lavabo, ir a la sala y discutir con sus hijos los problemas que tienen, los dramas y las alegrías que se dan dentro de la vivienda. En un hotel se guardan las formas, en una vivienda puede pasar de todo, y eso es extraordinario. Es un lugar fantástico para la experimentación.
¿Queda espacio para la experimentación en los edificios de viviendas?
Sí, quizá los aspectos tipológicos han quedado un poco cercenados por toda esta avalancha de programas estereotipados durante años; pero creo que ahora, como los modelos de familia han variado enormemente, con familias monoparentales, todo tipo de relaciones, etc., hay un campo de experimentación extraordinario, desde el punto de vista tipológico. Desde las formas de agregación de los tipos siempre ha habido experimentación. El espacio comunitario se ha de pensar más, los espacio intermedios entre lo público y lo privado son espacios de experimentación continua. Y también en el campo de la materialidad. ■








































